ANÁLISIS DE UNA VIOLENCIA QUE INTERPELA
En los últimos meses, Laguna Paiva ha sido escenario de hechos delictivos que estremecen a la comunidad. Robos reiterados, vandalismo urbano, y más recientemente, el asesinato de Damián Strada, cuyo cuerpo fue hallado calcinado en un campo a la vera de la ruta provincial N°22, configuran un panorama que exige más que indignación: demanda comprensión, acción y memoria.
La violencia no es solo un dato policial. Es un síntoma. Un reflejo de fracturas sociales, de vínculos rotos, de silencios institucionales. Cuando el delito se vuelve cotidiano, la ciudad pierde algo más que seguridad: pierde confianza, pierde comunidad.
Pero hay una dimensión que merece especial atención: la forma en que nombramos los hechos. En el caso de Strada, se ha insinuado una relación sentimental entre víctima y victimarios. Y aquí surge una advertencia necesaria: no todo crimen vinculado a relaciones afectivas es un “crimen pasional”.
¿Qué implica decir “crimen pasional”?
La expresión, tan instalada en el imaginario mediático, puede ser engañosa. Suele sugerir que el acto violento fue producto de un arrebato emocional, una pérdida momentánea de control. Pero esta narrativa puede minimizar la responsabilidad penal, desdibujar la premeditación y, peor aún, romantizar la violencia.
En muchos casos, como el de Strada, hay indicios de planificación, complicidad y ocultamiento. Hablar de “pasión” en estos contextos no solo es impreciso: es peligroso. Invisibiliza el crimen como acto deliberado, y puede incluso entorpecer la búsqueda de justicia.
Una comunidad que se piensa
Laguna Paiva no es solo el lugar donde ocurrió un hecho trágico. Es también el lugar donde se puede construir una respuesta. Desde los medios, desde las escuelas, desde las radios como Radio Una, tenemos el deber de nombrar con precisión, reflexionar con profundidad, y acompañar con sensibilidad.
Porque cada delito es también una pregunta: ¿qué estamos haciendo para que no se repita?















