Opinión / Panorama Político – Paralelas.com.ar
Por Nanci Macinsky
En cada elección los argentinos volvemos a tropezar con la misma piedra: la falta de coherencia política. Señalamos con indignación los casos de corrupción en el kirchnerismo, los analizamos, los denunciamos, los repetimos como un mantra que se volvió parte del paisaje político nacional. Pero, al mismo tiempo, cuando en La Libertad Avanza se multiplican los indicios de desmanejos, conflictos de intereses, nombramientos familiares, contrataciones irregulares y comportamientos poco éticos, el electorado no responde con castigo en las urnas. Todo lo contrario: los premia.
Y ahí surge la pregunta inevitable: ¿qué queremos como sociedad?
¿Queremos realmente transparencia, justicia, instituciones fuertes y dirigentes honestos? ¿O simplemente buscamos reafirmar nuestras propias emociones, votar desde el enojo, el resentimiento o el rechazo a “los otros”?
La política argentina parece haberse transformado en un campo de batalla emocional, donde las ideas y los proyectos han sido desplazados por la furia y la revancha. En ese clima, la coherencia se vuelve un bien escaso, y la crítica deja de ser un ejercicio de pensamiento para convertirse en una herramienta de ataque selectivo.
No se puede condenar la corrupción de unos y justificar la de otros solo porque pertenecen al espacio político que “me gusta” o que “no son los kirchneristas”.
La corrupción no tiene color partidario: destruye la confianza pública, corroe la democracia y profundiza la desigualdad.
Mientras tanto, los verdaderos problemas —la pobreza estructural, la falta de empleo, la inseguridad, la pérdida del poder adquisitivo, la degradación educativa— siguen esperando respuestas concretas, más allá de los eslóganes y los discursos grandilocuentes.
¿Cuál es, entonces, el rumbo que deseamos tomar como país?
Si seguimos votando con el corazón lleno de odio y la cabeza vacía de reflexión, el resultado será siempre el mismo: gobiernos débiles, instituciones desgastadas y una ciudadanía cada vez más frustrada.
Es hora de exigir coherencia, ética y responsabilidad a todos los dirigentes, sin importar su bandera. Solo así podremos empezar a construir una Argentina más jjusta, más racional y, sobre todo, más honesta con su propia historia.















