En medio del regreso de miles de combatientes desde las islas Malvinas, una escena íntima y conmovedora marcó la memoria de todos: el reencuentro telefónico entre el soldado conscripto Horacio Kent y su madre, tras meses de silencio y angustia. El gesto de un suboficial que lo buscó entre más de cuatro mil hombres permitió que aquella madre escuchara nuevamente la voz de su hijo y supiera que estaba vivo.
Puerto Madryn, 21 de junio de 2026.
Relato del Sub Oficial Norberto Álvarez sobre el regreso al país de los combatientes de Malvinas.
El relato de Norberto Álvarez, suboficial retirado de la Armada Argentina, revive una de las páginas más humanas y profundas de la historia reciente. Entre los años 1971 y 1982, su destino fue la Base Aeronaval Almirante Zar, donde vivió momentos decisivos para el país: desde la tensión con Chile en 1978 —cuando la mediación del cardenal Antonio Samoré, enviado por el Papa, evitó la guerra— hasta la Guerra de Malvinas, que marcó para siempre a toda una generación de servidores.

Sub Oficial Norberto Álvarez recibiendo la Espada de Mando al ser ascendido a Sub Oficial Superior. Cuarenta y seis años después, entregó ese mismo sable al Soldado Conscripto Horacio Kent, en conmemoración de un nuevo aniversario de la llegada de los buques Canberra y Nordwart al Atlántico Sur.
Durante aquellos meses previos al conflicto, la base cumplió un rol esencial en la logística militar: alimentación, duchas, transporte aéreo y carga de pertrechos rumbo a las islas. Álvarez recuerda cómo, tras la rendición, comenzaron a llegar los soldados conscriptos y cuadros profesionales desde los buques ingleses Canberra y Nordward, más de 4.100 hombres exhaustos, hambrientos y con el alma herida.
Esa noche, Puerto Madryn se quedó sin pan. La ciudad entera se volcó a asistirlos, mientras los militares de la base recibían a los combatientes para brindarles abrigo y alimento.
En medio de esa conmoción, una madre se acercó a la guardia buscando noticias de su hijo, el soldado Horacio Kent, desaparecido hacía cuatro meses. Norberto Álvarez, entonces suboficial de servicio, recorrió los batallones hasta hallarlo entre los formados en la plaza de armas. Lo llevó hasta la central telefónica y presenció el momento en que Kent pudo decirle a su madre: “Mamá, estoy vivo”.
Ese instante —mezcla de alivio, emoción y lágrimas— quedó grabado para siempre en su memoria. Por eso, décadas después, Norberto Álvarez decidió donar su sable militar al soldado Horacio Kent, como símbolo de unión, respeto y gratitud hacia quienes dieron su vida y regresaron de la guerra.
La ceremonia se realizó en Puerto Madryn, el domingo 21 de junio de 2026, contó con la presencia de los comandantes de las tres naves de la Armada, el rompehielos Almirante Irízar, y la banda de música de la Base Naval Puerto Belgrano, que acompañó con marchas y acordes solemnes. Fue un acto de profundo simbolismo: el sable entregado no solo representó la trayectoria militar de Álvarez, sino también la unión entre generaciones de combatientes y el reconocimiento a quienes vivieron la guerra desde la primera línea. Fue un acto cargado de solemnidad y emoción, donde el gesto de un veterano se transformó en homenaje eterno.
























