El reciente ataque vandálico contra la sede local de PAMI expone una problemática que trasciende el daño material: la urgencia de repensar cómo cuidamos y valoramos nuestros entornos comunes. Más allá de las cámaras de seguridad y el control policial, la preservación del patrimonio público exige un compromiso educativo y comunitario donde el rol del Estado es primordial.
Hay noticias que te obligan a parar un poco la pelota y pensar. Ayer les contábamos lo que pasó en la sede del PAMI local, acá en Laguna Paiva. Un piedrazo, un ladrillazo, un impacto. El resultado concreto: un vidrio roto.
Para algunos puede ser un hecho menor. «Es solo un vidrio, se cambia, se paga y listo», dirán. Pero en realidad, ese vidrio roto es el síntoma de un problema mucho más profundo que nos golpea todos los días: la desprotección y la falta de cuidado de nuestros espacios públicos.
Cuando hablamos de la seguridad de los espacios públicos, no estamos hablando solamente de poner más policías en las esquinas o de llenar la ciudad de cámaras de vigilancia —que por supuesto hacen falta—. Estamos hablando del valor que le damos a lo comunitario. Una plaza, una escuela, una sala de salud o, en este caso, una oficina pública donde nuestros abuelos van a tramitar sus remedios, no le pertenecen «al Estado» como si fuera un ente abstracto. Nos pertenecen a todos nosotros. Se construyen con el esfuerzo de la comunidad y se sostienen con los impuestos de cada vecino.
El vandalismo no es una travesura. Es un ataque directo a la convivencia. Cuando alguien decide romper un vidrio de una institución local, no está dañando un edificio; está rompiendo el respeto por el vecino, está vulnerando un lugar que mañana puede necesitar su propia familia.
Los espacios públicos son el punto de encuentro de una comunidad. Si dejamos que se naturalice que cualquiera puede romper, pintar o destruir lo que es de todos sin consecuencias, lo que sigue es el abandono. Y una ciudad que abandona sus espacios públicos, es una ciudad que se vuelve más oscura, más insegura y más hostil.
Cuidar Laguna Paiva no es tarea de un solo sector. La seguridad y el respeto por lo nuestro se construyen desde la educación, desde el control, pero sobre todo, desde la empatía. Y cuando hablamos de educación no nos referimos exclusivamente a las escuelas, o a la primera institución que es la familia.
Si bien los espacios públicos no le pertenecen al Estado, «como ente abstracto», la tarea de educar comunitariamente sí le corresponde, a través de campañas, actividades, mensajes, ejemplos e infinidad de iniciativas que tengan presente valores esenciales para la educación ciudadana.
Ojalá que ese vidrio roto se reponga rápido, pero más que nada, ojalá que sirva para que entendamos, de una vez por todas, que lo que es de todos se defiende entre todos. El reciente ataque vandálico contra la sede local de PAMI expone una problemática que trasciende el daño material: la urgencia de repensar cómo cuidamos y valoramos nuestros entornos comunes.

















